Taboga Extremo
8 de septiembre de 2010

7:00 am del sábado: la ciudad empezaba a reaccionar para empezar su faena, pero nosotros ya nos dirigíamos hacia el muelle para tomar el ferri hacia la paradisíaca isla de las flores. Al llegar nos encontramos con una enorme fila de personas; el bullicio de las diversas conversaciones llenaba el aire de la hermosa mañana. Compramos nuestros respectivos boletos y formamos la fila; el barco salió a las 8:00 am en punto. El recorrido fue placentero, la mar tranquila y el sol aún no quemaba; nos tomó cincuenta minutos llegar, y las gaviotas nos acompañaron casi todo el recorrido, gracias a varios niños que les lanzaban galletas y pan.
Llegamos y nos dirigimos a la casa, donde dejamos inmediatamente nuestras maletas. El paseo esta vez no era de playa sino de senderismo; ya lo habíamos planeado mi amiga y yo, los dos estamos en buenas condiciones físicas, pero quería saber cuánto tiempo nos tomaba cada recorrido, cuánto tiempo de recuperación necesitábamos y cuánto podríamos soportar.

Nuestra primera meta eran Las Tres Cruces, un pequeño parque con tres cruces de concreto que cuentan una historia de la isla. Recorrimos las callejuelas del pueblo, llegamos a un letrero prácticamente destruido que nos indicaba que íbamos por buen camino (9:22 am); comenzamos el ascenso, que no era muy pronunciado —el gran problema es que, sin darnos cuenta, nos vamos adentrando en un túnel de vegetación que hace casi imposible respirar—; la humedad es muy fuerte y el calor sofocante, y eso que apenas eran las nueve de la mañana. Hicimos este recorrido en unos cuarenta minutos (9:57 am); descansamos tres veces en diferentes puntos, pero ya se veía el cansancio en la cara de mi amiga: tenía toda la fuerza, pero el aire, el calor y la humedad la cansaron. Mi cansancio era menor —ya había hecho ese recorrido y sabía hacia dónde acelerar, dónde parar y cómo tratar de llevar mi respiración—, pero si pretendo llevar un grupo, debo saber que son necesarios varios descansos, no solo tres, ya que nunca sabes qué condición puedan tener los participantes. La última parte de la subida es mucho más empinada que el resto del recorrido; llegamos al parque y estuvimos en las bancas unos quince minutos (10:16 am), cuando nos alcanzó un grupo de turismo de la Universidad de Panamá que se disponía a hacer el recorrido. Nos separamos de ese grupo y nos dirigimos hacia El Vigía, el punto más alto de la isla, ubicado a trescientos y tantos metros sobre el nivel del mar.

Este nuevo recorrido ya es menos agresivo: salimos a la carretera, el aire es menos húmedo y corre brisa; nos tomó unos veinte minutos (10:36 am) más llegar hasta este punto. Arriba hay un búnker de la Segunda Guerra Mundial, donde se colocaba armamento para defender el canal, además de una hermosa vista a la Ciudad de Panamá y al pueblo de Taboga; también hay una antena que da la bienvenida a los aviones que llegan al aeropuerto de Tocumen. Descansamos mucho más esta vuelta, ya que nos volvieron a alcanzar los estudiantes y conversamos con ellos; comenzamos nuestro descenso a las 11:30 am, ya el sol se estaba convirtiendo en un problema, sumado al cansancio que teníamos. Bajamos por una carretera, pero ahora la falta de árboles nos molestaba; el calor se tornó insoportable y ya mi amiga no quería siquiera conversar conmigo, y aún nos faltaban dos lugares más por recorrer.
Al finalizar la bajada ya no soportaba los pies; nuestra ropa llena de polvo mezclado con sudor me decía que era demasiado lo que había planeado. Imaginaba lo que los participantes del Ecochallenge tendrían que pasar, y qué pasaría por sus mentes cuando las ampollas tengan ampollas de tanto caminar. Yo aún mantenía la fuerza, pero un pequeño dolor de cabeza por el sol fuerte me pedía que dejara parte del recorrido para otra ocasión. Al llegar a la base del cerro eran las 11:51 am, ya casi hora de almorzar —nuestro desayuno lo tomamos justo antes de llegar al muelle, a las 7:00 am—; cometimos otro error táctico: muy poca agua, solo dos botellas, una para cada uno. El vital líquido se nos terminó justo en la cima del Vigía.

Nos dirigimos hacia el vertedero de basura (suena feo, pero tiene una vista espectacular, muy poco visitada); mi amiga ya iba un tanto molesta y pidiéndome regresar a casa. Ofrecí dejar el recorrido en estos tres puntos, aun sabiendo que faltaba otro paso: subir a la Cruz del Sinaí. Como dice el título del artículo, el paseo era extremo, y no la llevé engañada —le había armado un mapa de todo el recorrido, pero una cosa es verlo y otra saber hacia dónde vamos—. Llegamos al tercer punto a las 12:15 del mediodía; descansamos un largo rato a la sombra de varios árboles para ver si se atrevía, ya recuperando fuerza, a hacer el último punto, pero por más que intenté ya estaba rendida —y para ser sincero, yo también—.
El recorrido que no pudimos terminar era la Cruz del Sinaí, otro punto alto que se ve desde el muelle; es una subida de aproximadamente 13 minutos sin parar, no hay un solo árbol a lo largo de ese cerro ni un punto donde descansar, y con el sol del mediodía iba a ser muy difícil realizarlo.
Regresamos al pueblo bastante cansados y nos dispusimos a almorzar. Fue una mañana realmente extrema en cuanto a senderismo se refiere; llegué a la conclusión de que son dos días de recorrido: uno hasta “El Vigía”, pasando por “Las Tres Cruces”, y otro subiendo a “La Cruz” y luego al vertedero. El resto del fin de semana fue playa, brisa y mar.