Fiestas de San Pedro con Sabor a Incertidumbre
30 de junio de 2020
Para el 29 de junio de 2020, con la celebración de las fiestas del patrono de los pescadores, la isla ya contaba con cinco casos positivos de coronavirus, el covid-19, un virus sumamente contagioso que estaba afectando al mundo entero.

La isla tiene una población alta de adultos mayores, que son quienes más riesgo corren de complicarse y perder la vida si el mal los afecta.
Pensar que vivir en una isla te hacía inmune, o te daba una ventaja, en esos momentos se convertía en todo lo contrario: detener un brote es un asunto muy complicado, y más si muchos no están interesados en cooperar. Mi mayor miedo con la pandemia no era enfermarme yo —mi cuerpo está saludable y sé que puedo resistir la enfermedad— sino enfermar a otras personas, y que por mi irresponsabilidad enfermaran y murieran.
En esos momentos la isla se convertía en una prisión: si los casos aumentaban y se salían de control, ¿qué pasaría? Todos querrían salir de ahí, porque no podrían ir al centro de salud en busca de ayuda por cualquier otro tipo de dolencia (dolor de estómago, hipertensión, etc.) sin exponerse a contagiarse; muchos querrían abandonar la isla buscando un lugar más seguro donde atenderse y salvar a sus seres queridos, pero eso sería sumamente peligroso y provocaría más contagios.
La isla no contaba con áreas para atender ni cuidar un solo caso grave; la ambulancia era apenas para dos personas, y montarse en una panga a pelear contra el mar para luego conseguir una ambulancia era sumamente complicado.
Solo quedaba acatar las normas y mantenerse aislados en casa: los adultos mayores evitando salidas sin necesidad, y los jóvenes ayudando a abastecer sus casas con responsabilidad, distanciamiento social y aseo personal en todo momento. Faltaba ver cómo se desarrollaría todo esto; en un par de semanas sabríamos exactamente cómo estaba la isla, si se había logrado controlar el problema. Esperaba en Dios por la tranquilidad del pueblo que sí.
— Jorge Arauz